una vista al fiordo

25 Ago

Es difícil sentarse en mi rincón durante más de veinte minutos, por muy bonito que sea. Esta lleno de dibujos de Uli y de postales, tengo un sillón y una silla de escritorio con ruedas. Mi ventana da al fiordo y me hace sentir como una reina vikinga, oteando el horizonte, esperando el regreso de los barcos, y encima de mi cama se abre un enorme cajón en el que me tengo que meter para alcanzar el fondo. ¡Soy un segundo año!

Estos días son sencillamente maravillosos. Encuentros y reencuentros, bienvenidas, encontrar en las cajas regalos y sorpresas inesperadas, ver cómo las esquinas y ventanas vacías se llenan lentamente de lámparas de lava, dibujos, altavoces, material de escritura, tazas de té y paquetes de fideos precocinados…  De nuevo parece que en vez de una semana han pasado dos meses, y hay mucho que contar y poco tiempo.

Cuando no estoy decorando nuestro cuarto con Wiktoria (Noruega) y Olga (Finlandia), mis nuevas compañeras de cuarto y coaños, o tomando un té juntas para dar la bienvenida a Sangita, nuestra compañera recién llegada de Nepal, estoy haciendo la ronda por las habitaciones de nuestros primeros años latinos y germano-parlantes – de ambos tenemos muchos este año y eso nos hace mucha ilusión. Cuando no estoy nadando a la isla en el medio del fiordo con otros aficionados al agua fresca, estoy hablando durante dos horas sobre mi clase de matemáticas… Desde el lunes, que pasamos esperando emocionados a los primeros años, recibiendo cada autobús desde las nueve de la tarde hasta las cuatro de la mañana con una explosión de alegría, gritos, colores, pacartas, vuvuzelas, sonrisas y abrazos, hasta una última ronda a las cartas en el Dayroom de Iceland House, desde un paseo con mi primer año Alberto hasta una conversación espontánea con Max, de Dinamarca, en medio de la más ruidosa de las reuniones latinas, desde aprender a partir una manzana con las manos de una chica de Latvia hasta dejarle un regalo de bienvenida a mi amiga secreta Ieva, de Lituania…No he parado de conocer a gente interesante, divertida, confundida, tímida, curiosa… Y yo no podría ser más feliz. Viendo la cola en la cantina, disfrutando de una ajetreada sesión de limpieza en la casa, esquivando a un noruego pasando en skateboard a tu lado que después te encuentras durmiendo en tu cuarto, en la cama de su segundo año después de una reunión de noruegos, te das cuenta de que este sitio necesitaba gente nueva, y que bueno, va a ser un año genial. Todavía nos faltan algunos por llegar, como mi compañera de cuerto Sukeji o Peace, de Sudán, pero seguro que estaremos completos muy pronto…

También es interesante estar “al otro lado”. Muchas de las actividades han sido orgnizadas exactamente igual que lo fueron el año pasado, y es surrealista descubrir que ahora estas bailando y tonteando con los latinos en la misma reunión en la que hace un año estabas sentada en el sofá, confundida y sintiéndote profundamente europea. Puedes ver tus emociones pasadas, reflejadas en las caras nuevas como en espejos: la curiosidad, la confusión, el estar descolocada, la emoción, el casancio y los nervios. Da un pequeño pinchazo de melancolía, porque sabes que eso ya no te toca a ti, pero sobre todo es agradable descubrir que sí estás preparada para contestar las innumerables preguntas, calmar los nervios, acoger a los descolocados y demostrarlos que son bienvenidos. No me siento como uno de los segundos años que tanto admiraba el año pasado, pero sí como alguien que puede echar una mano con la colada, o puede decirte donde hay la mejor conexión de internet en el campus y, por supuesto, sabe la diferencia entre el nivel alto de matemáticas y el medio.

Muchos segundos años nos comentaban que las relaciones entre los distintos años van en ciclos, como muchas cosas en el colegio, y que como grupo, ellos se sintieron más cercanos a sus segundos años, y que por eso no fuimos un bloque tan unido el año pasado. Según esta teoría, que para mí tiene sentido, nos toca a nosotros acoger a los primeros años de la mejor forma posible y romper esa barrera entre primeros y segundos años. Las amistades de persona a persona fueron maravillosas igualmente el año pasado, y a pocas personas me sentí más cercana que a Rafa, de Venezuela, que ahora me escribe desde Brown, pocos me han cuidado como mis compañeras de habitación Anyuri y Sophie, o me han tomado tanto el pelo como Mitch, de Canadá. Pero sí es cierto que me siento al mismo nivel que los primeros años en todos los aspectos, menos en algunas experiencias, más de lo que hacía con ls segundos años el otoño pasado. Quizá es por la edad, que en ocasiones me acerca más a los primeros años que a mis coaños, o la enorme lección de humildad que me ha dado este sitio, o la sincera alegría de conocerlos a todos… Y si ahora todavía escucho murmullos y risas de nuestro Dayroom, puede ser que nuestros segundos años tuvieron razón…

Sólo una cosa es más emocionante y satisfactoria que hablar media hora con Diego, de Bolivia, que ha llegado hoy, o hablar todos los idiomas que conoces en diez minutos con un danés simpático, o colgar las bnderitas budistas de Sangita encima de nuestra puerta, y es sentarse al lado de un segundo año y encontrarte al poco rato en una conversación intensa que podrías continuar para siempre. Ya sea en mi cama con Rodrigo hasta las cuatro de la mañana sobre la vida y la filosofía, el sabotaje del subconsciente y el alcance de una sabiduría perfecta justo antes de la muerte; con Víctor en frente del horno mientras se tuestan nuestros bocadillos de queso, sobre las aventuras y desventuras de este verano; con Gareth dando un paseo por la calle principal del campus; con Katu mientras quemamos y sellamos las puntas de las cuerdas para las bolsas de la colada de nuestros primeros años, con Romy sentadas en el mostrador de la cocina de la casa de Bennie en Oslo sobre chicos, por supuesto… Ha sido inesperado, pero muy gratificante que sentir las amistades se han hecho más fuertes y seguras durante el verano, la confianza única que suerge de un año de convivencia, de anécdotas y experiencias… No sólo con los amigos cercanos desde el principio, sino también con otros que de repente se han convertido en ellos. Me he dado cuenta de lo bien que nos conocemos, y de lo sinceros que en muchos casos esto nos hace ser los unos con los otros. Es una sensación maravillosa.

Ahora me iré a dormir, que mañana me toca pintar las bolsas de la colada con los primeros años de Denmark House. Después vendrá la película del viernes, el primer café en Snikkarbua, la fiesta del sábado… Casi me dan ganas de saltar de la cama y empezar lo antes posible.

Un beso desde Denmark House 203, desde la ventana iluminada por la lámpara naranja, desde Flekke, un pueblo pequeño, pero grande… ¡Mañana, fotos!

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