gaviotas

24 Abr

En dos semanas son nuestros exámenes finales, los segundos años ya comienzan esta semana. Toca estudiar. Estamos de vacaciones de Pascua, con un tiempo espléndido y los problemas que esto acarrea a nuestra productividad. Estos días he ocupado una mesa en la clase de español, pegada al enorme ventanal que da al fiordo, ese del que nuestra profesora María Teresa está con razón tan orgullosa, y aunque hasta ayer he pasado más tiempo saltando fuera y haciendo el pino, paseando por la hierba, bailando en una “fiesta de verano” a las once de la noche (cuando, por supuesto, ya hacía un frío que pela, que estamos en Noruega, pero íbamos en tirantes igualmente), haciendo el tonto en canoa, pasando una noche demasiado loca con latinos y añadidos europeos, tirándome al fiordo, dibujando con tiza en el suelo, quedándome dormida al sol y disfrutando del buen rollo que dispara el calor por estos lares, hoy sí que me he puesto más en serio (quizá porque estaba nublado), y sólo me he permitido levantar la vista de vez en cuando y distraerme por cinco minutos.

Y lo que veía cuando alzaba la mirada eran las gaviotas, que planeaban de un lado a otro, descendiendo desde los tejados de los edificios hasta posarse en la superficie del fiordo, metiéndose en el agua para pescar algún pez o darse un baño y sacudiéndose el agua después. Me quedé observando los movimientos de sus alas y la combinación de técnica y fuerza que les permite bajar sin golpearse, torciendo un ala y después otra y dando un fuerte aleteo justo antes de tocar el agua.

A todo el mundo les parecen aves pesadas y ruidosas, pero a mí sus gritos me transportan a las vacaciones que pasé con mi abuela en el Mar del Norte y me hacen sentir el verano y el mar y el helado que te tomas en la playa. Así que os dejo con algunas expresiones artísticas en caso de que todavía tengáis que ser convencidos de que las gaviotas… son bonitas.

Las gaviotas

Todas las tardes
se reúnen las gaviotas
frente a la estación del tren:
Allí repasan sus amores.

En su libro de memorias
dos flores de sándalo:
una señala la página de los puentes,
otra la de los suicidas.

Y también guardan una fotografía
del mendigo que, hace tiempo, transportaba
los despojos del mercado.

Pero su pequeño corazón
-que es el de los equilibristas-
por nada suspira tanto
como por esa lluvia tonta
que casi siempre trae el viento,
que casi siempre trae el sol.

Por nada suspira tanto
como por el inacabable
(cabalé, cabalá),
continuo mudar
del cielo y de los días.

Bernardo Atxaga

Este último poema lo encontré en un libro que leí de pequeña y que sigo recordando como precioso, simple pero muy delicado y conmovedor sin ser demasiado “azucarado”: Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda. Se trata de una gaviota que se ve atrapada en un vertido de petróleo y con sus últimas fuerzas consigue volar a una ciudad. Cae en un jardín, donde se encuentra a un gato, el gato Zorbas. Antes de morir pone un huevo y le hace prometer a Zorbas que no se lo comerá, sino que lo empollará y cuidará del pollito, y que le enseñará a volar cuando crezca…

Añado un video de una película de dibujos animados que se hizo adaptando el libro, y que también me gustó cuando la vi, con ¿cuántos? ¿seis, ocho años? Se trata de la única parte que recuerdo claramente de la película, pero si buscáis en youtube, encontraréis el tráiler y más extractos, por si os apetece echar un vistazo…

Me despido con un grito de gaviota, y alzo el vuelo en dirección cama…

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