palestina

24 Mar

Chicos, siento mucho la espera. Muchos acontecimientos de las últimas semanas en el Red Cross Nordic United World College merecen ser narrados y documentados, desde aventuras personales hasta debates en la Asamblea General, pasando por guerras de color y monólogos femeninos. Sin embargo, estos días he estado trabajando en un artículo sobre mi viaje a Palestina. Os dejo las versiones en español e inglés, espero que os guste y no se os haga demasiado larga la lectura.

About the land of milk and honey and about the land of wires and borders

A trip to Palestine

Un viaje al país de la leche y miel, al país de alambres y fronteras

Palestina

Traveling to Palestine is not easy. Passing security controls several times and taking off shoes, scarf, coat and the bags that contain your most valuable things at that moment; changing planes in gigantic international airports; being interviewed by three people one after another or at the same time; having to “adapt the truth to the conditions” when you are actually a bad liar, spending hours and hours waiting and trying to remember all the warnings and advices that your friends gave you, not to loose your passport and not getting too nervous; watching how your suitcase is opened and your personal belongings exposed to everyone; crossing other borders, which are not meant for you and open automatically for tourists, but not for the long queue of Palestinians behind you; and constantly depending on the help of other people which in most cases speak only a few words of English, is quite an experience for a sixteen-year-old girl traveling alone. Then again, it is not only to visit this country, from which we already have a very specific picture, thanks to the war and terrorism related news, that spread quicker and easier than the ones about a fashion and design academy for women in the neighborhood where I will live for the next two weeks, but to travel to so many others you have to accept this unfair and sometimes even humiliating treatment, also in the Western World.

Viajar a Palestina no es fácil. Pasar varios controles de seguridad donde tienes que quitarte zapatos, pañuelos, abrigos y el bolso que contiene tus posesiones más valiosas en ese momento; hacer transbordo en enormes aeropuertos internacionales; ser entrevistada por tres personas una después de otra o a la vez; tener que “adaptar la verdad a las circunstancias” cuando en realidad eres pésima mintiendo; pasar horas y horas esperando e intentando recordar todos los consejos que tus amigos te han metido en la mochila al despedirse, a la vez haciendo lo posible por no perder de vista en ningún momento el pasaporte ni los nervios; ver cómo tu equipaje es abierto y tus pertenencias son expuestas delante de todos; cruzar fronteras que parecen abrirse automáticamente para turistas, pero no para la larga cola de palestinos que esperan detrás de ti; y depender constantemente de la ayuda de otras personas que en su mayoría sólo hablan unas pocas palabras de inglés, es toda una experiencia para una chica de dieciséis años viajando sola. Pero por otro lado, no nos encontramos estas medidas injustas y en algunos casos incluso humillantes exclusivamente cuando visitamos Palestina, un país del que ya de por sí tenemos una imagen muy específica gracias a las noticias relacionadas con la guerra y el terrorismo, que llegan antes y con más facilidad que aquellas relacionadas con, por ejemplo, una academia de moda y diseño para mujeres en el barrio en el que viviré las próximas dos semanas. También para entrar en algunos países occidentales tenemos que aceptar un trato degradante.


Training camp from the Israeli army close to Bethlehem.

Un campo de entrenamiento del ejército de Israel, cerca de Belén.

With the first step you make outside the Ben Gurion International Airport in Tel Aviv, when you start reading signs in a language that differs so much from your own, you know that it was worth it. And when you look for the first time from a flat roof to the lights and shapes of the night in Bethlehem, or when you can feel the sand in the air and the smell of jasmine flowers, just like the One Thousand and One Nights describes the mysterious Orient.

I was not completely a tourist. I did not see the country and its people only through the eyes, or the camera, of a European girl, grown up in a liberal family, with ideals and ideas about the future, but without any experience. I also saw it through the eyes of one of my best friends, a Palestinian Muslim girl. I lived at her house and met her family, and listened to her as we were sitting in one of the shared taxis or walking on the filled streets of Hebron. Thanks to her, I did not only see the touristic Palestine, a thin and vulnerable superficial layer that tries to cover streets and neighborhoods: souvenir shops, a Bombay burger («the best burger in town» – and also the only one) and sweet little children smiling and offering you necklaces and key chains.

En cuanto das el primer paso saliendo del Aeropuerto Internacional Ben Gurion de Tel Aviv, cuando comienzas a ver carteles en un idioma que difiere del tuyo hasta en la forma de los caracteres, sabes que ha valido la pena. Y cuando disfrutas por primera vez de la vista nocturna de Belén desde un tejado plano que sirve también de terraza, o cuando sientes la arena en el aire y te llega el aroma de las flores de jazmín, igual que en las poéticas descripciones del Oriente en Las Mil y Una Noches.

Por suerte, no fui exactamente una turista. No vi el país y la gente sólo con los ojos, o a través de la cámara de fotos, de una chica europea criada con una ideología liberal, con ideales e ideas sobre el futuro pero sin ningún tipo de experiencia. También lo vi con los ojos de una buena amiga, una chica musulmana palestina. Viví en su casa, conocí a su familia y la escuché mientras íbamos en uno de los taxis “compartidos” o caminábamos por las calles llenas de gente de Hebrón. Gracias a ella, pude echar un vistazo detrás de la Palestina diseñada para turistas, una capa superficial fina y vulnerable que intenta cubrir calles y barrios: tiendas de recuerdos, el Bombay Burger (“el mejor burguer de la ciudad” – y también el único) y chicos de unos doce años intentando venderte collares y llaveros con una sonrisa enorme y ojos del color del chocolate.


Bombay Burger, Best Burger in Town, in a neighborhood outside Bethlehem

Bombay Burger, el mejor burger de la ciudad, en un barrio en las afueras de Belén.

We walked through the streets of Hebron, where an Israeli settlement occupies the center of the town, and the streets, still belonging to Palestine, are surrounded by bearded wire, and about three meters high soldiers stand on the balconies looking at you with huge gun machines that seem disproportionate compared to the human carrying them. I visited the mosk, in that same town, a mosk which is now split in two half, one twice as bigger as the other, because both religions believe in the prophet Ibrahim, who is buried there. This holy place, that seems to show the perfect characteristics to become a first meeting point, has been instead the scenario of several attacks by Israeli settlers on Palestinians during the praying times.

For me, the most impressive aspect of Hebron was this concept of an horizontal border in addition to the vertical ones present everywhere in Palestine. Here, the Palestinians were not only limited by walls, fences or signs that restricted their access to streets in the same town, houses in the same neighborhood, roads in the same land and half of their own country. In Hebron, they were also oppressed by several layers of wire, leaving them one and a half meters over their heads to breath. The wires were full of rubbish, thrown from balconies and windows on the heads of the nation below.

Paseamos por las aceras de Hebrón, donde un asentamiento israelí ocupa el centro de la ciudad, y las calles, todavía de Palestina, están rodeadas de alambre de espino y a una altura de tres metros más o menos, hay soldados en los balcones, allí de pie, mirándote, sosteniendo sus enormes metralletas que parecen desproporcionadas para el ser humano que las lleva. Visité la mezquita en esa misma ciudad, una mezquita dividida en dos partes, una el doble de grande que la otra, porque las dos religiones creen en el profeta Ibrahim, que esá allí enterrado con su familia. Es un lugar sagrado que parece tener las características perfectas para convertirse en un punto de encuentro, y sin embargo ha sido escenario de varios ataques a los musulmanes en el recinto durante los tiempos de oración.

La mayor impresión que yo me llevé de Hebrón fue el concepto de esa frontera horizontal, añadida a las fronteras verticales presentes en todo Palestina. Los habitantes no están limitados solamente por muros, vallas o señales que les prohíben el paso a calles en la misma ciudad, casas en el mismo vecindario, carreteras que cruzan su propio país. En Hebrón, también están oprimidos por varias capas de alambrada que sólo les deja un metro y medio encima de sus cabezas para respirar, convirtiendo el espacio en el que viven una jaula. Los alambres están llenos de basura, arrojada desde balcones y ventanas sobre las cabezas de una sociedad literalmente inferior.


A street in the city center, in Hebron.

Una calle en el centro de Hebrón.

I walked through the streets of Bethlehem, not only on the main road, but also between the fruit and vegetable stands in the market, where women buy under the aggressive, intrusive look of the men selling. A look that makes you feel naked, that makes you lower your eyes unconsciously, makes you want to wear a veil like all the women around you. I walked past clothe stores where the manikins had tape over the eyes. «That means that the owner is very radical», says my friend, and I can only stare and feel a chill rushing down my back. Then we continue walking, because it does not look good, if we just stand there, not doing anything. Another day, we drive for half a minute through one of the ghettos for Palestinians who’s villages and towns are now part of Israel, and who left them behind to find their country again. It is dark, I only see narrow, uneven backstreets, some people standing in a circle. From what the other passengers in the car tell me, I imagine small apartments, one over, under, next to each other, problems with the water. The children go to a special school. I get to know that from these ghettos are all the artists that come out at night and dare to come closer to the Israeli control posts and fill the famous wall that separates them with graffiti: beautiful paintings, angry, ironic, innocent, provocative, sweet, sad, ugly, strong… most of them with clear, defined lines and colored white.

Recorrimos Belén, no sólo la calle principal, sino también entre puestos de frutas y verduras por el mercado principal, donde mujeres realizan la compra del día bajo la mirada agresiva, desagradable, de los dependientes, todos hombres. Una mirada que me hizo sentir desprotegida, que me obligó a bajar la mirada de manera inconsciente, que casi despertaba el deseo de llevar un velo como la mayoría de las mujeres a mi alrededor. Pasamos una tienda de ropa delante de la cual había un grupo de maniquís exhibiendo largos abrigos de mujer, con los ojos vendados con cinta de embalar. “Eso quiere decir que el dueño de la tienda es bastante radical”, me comentó mi amiga, y yo solo fui capaz de mirar los maniquíes y sentir un escalofrío recorriéndome la espalda de arriba abajo. Seguimos caminando, porque no se hace, eso de quedarse ahí de pie, sin hacer nada. Otro día, el padre de mi amiga condujo con el coche durante medio minuto por uno de los guetos para inmigrantes palestinos de las regiones anexionadas por el Estado de Israel, que se han tenido que ir de casa para volver a su país. En la oscuridad, únicamente pude ver callejones estrechos, irregulares, algunas personas de pie, formando grupos. Por lo que los otros pasajeros en el coche me cuentan en el trayecto, me imagino apartamentos pequeños, uno encima, debajo, al lado del otro, problemas con el suministro de agua y electricidad. Los niños tienen que ir a un colegio especial. Me dicen que de estos guetos salen los artistas que de noche se atreven a acercarse a los puestos de control israelíes y llenar el famoso muro que separa los dos estados de graffitis: dibujos preciosos, o furiosos, irónicos, inocentes, provocativos, dulces, tristes, feos, fuertes… la mayoría pintados con líneas claras y definidas y coloreados de blanco.


Merry Christmas, World, from Bethlehem Ghetto – The wall that separates Palestine from Israel.

Feliz Navidad, Mundo, desde el gueto de Belén – El muro que separa Israel de Palestina.

I live for two weeks with a Muslim family, and I observe from the outside the roles that men and women, boys and girls, play in their environment. I measure their actions and their freedom they have comparing it to me and the society I am part of, and… It is very different. First, I feel angry, even outraged, but then I am forced to tolerate it, and even to accept and respect it, if I don’t want to engage in an endless and destructive discussion with my hosts. There is the question, if, on one side, I am going against my own values by doing exactly that, and on the other side, to what extent I have the right to question their social structure and culture, assuming that my Western model can and should be applied to all societies. And I admire their welcoming attitude, their acceptance towards me, a European girl that does not speak a word of Arabic, with short hair and sandals, showing her naked feet. They speak to me, in English and Arabic, and are curious and interested. I eat with them, using my fingers to grab the rice and chicken and form rolls, and I wonder if it could ever be this easy if the visitor was one of them in a European family.

Dos semanas viví con una familia musulmana, y observé desde el exterior los papeles que cumplen hombres y mujeres, niños y niñas. Medí las acciones y la libertad de la que disfrutan, comparándola conmigo y la sociedad con la que me identifico, y… Es muy distinto. Primero, reacciono enfadada por esa diferencia, casi enfurecida, pero después estoy forzada por la situación a tolerarla, incluso a aceptarla y respetarla, si no quiero comenzar una discusión destructiva, interminable y sin sentido con mis huéspedes. Surge la pregunta de si, por un lado, no estaré yendo en contra de mis valores haciendo exactamente eso, pero por otro lado, ¿hasta qué punto tengo el derecho de cuestionar su estructura social y su cultura, asumiendo que mi modelo occidental puede y debe ser aplicado a cualquier sociedad? Quizá la diferencia es tan grande, que no es comparable al fin y al cabo. En cualquier caso, admiré su actitud abierta, que me hizo sentir bienvenida y aceptada, hasta cierto punto. Yo, una chica europea que no habla nada de árabe, con el pelo corto y sandalias que dejan ver sus pies desnudos. Me enseñaron árabe, practicaron su inglés mostrando interés y curiosidad, comí con ellos usando los dedos para hacer bolas de arroz y pollo y metérmelas en la boca, y me pregunto si hubiera sido igual de fácil en la situación inversa.


Manikins in front of a clothing store in Bethlehem

Maniquíes delante de una tienda de ropa en Belén.

Finally, my friend and her dad take me to the Dead Sea, a calm and foggy border behind which you can see the mountains of Jordan. The same border that my friend crosses every time she wants to exit her home country. She cannot take the plane from Tel Aviv, only one hour away from her house, she cannot drive through Jerusalem, only fifteen minutes away from her street, visible from her roof. That is one of my last images from my trip: the empty gray beach, the point where the sea and the sky join and melt, and the freedom somewhere behind it.

Among all the delicious food I have tried in Palestine, from huge amounts of almonds to bread with olive oil and thyme, from Golan honey to kiosk felafel, I choose the small, citrus fruits called kumquats that grow in my friend’s garden, with bitter flesh and sweet peel, as my favorites. That is how Palestine tastes as well, bittersweet.

I hope in the future, the trees in Palestine get a better place to grow, and more water, as sunshine there is enough, so that the bitterness becomes less and instead of scaring some gourmets away, only helps to appreciate the sweetness better.

Finalmente, mi amiga y su padre me llevaron al Mar Muerto, una frontera silenciosa y brumosa detrás de la cual se intuyen las montañas de Jordania. Es la misma frontera que mi amiga cruza cada vez que quiere salir o entrar de su país. No puede coger el avión en el aeropuerto de Tel Aviv, que está sólo a una hora de su casa, no puede pasar en coche por Jerusalén, a quince minutos de la calle donde vive y visible desde el tejado. Ésa es una de las últimas imágenes de mi viaje: la playa gris y vacía, el punto donde se funden el cielo y el mar, y la libertad, invisible en algún sitio detrás.

De toda la comida deliciosa que he probado en Palestina, desde grandes cantidades de almendras hasta pan con aceite de oliva y tomillo, desde la miel de las cuevas del Golán hasta los falafel de quiosco, me quedo con los pequeños cítricos llamados kumquats que crecen en el jardín de mi amiga, de pulpa agria y piel dulce. Ése es también el sabor de Palestina, agridulce.

Espero que en el futuro, los árboles de Palestina dispongan de un mejor espacio para crecer y reciban más agua (sol creo que tienen suficiente), para que la amargura se haga menor y, en vez de espantar a algunos gourmets, sirva únicamente para apreciar mejor la dulzura.

Lea Sánchez Milde, Red Cross United World College 2010 – 2011

2 comentarios to “palestina”

  1. dianalaurencich 25/03/2011 a 4:19 pm #

    bueno Lea, qué experiencia! creo que diste en el clavo de situaciones, que ya a los adultos, se nos hace difícil de tomar postura.
    Trataré de hacerte comentarios lo más escuetos posibles sobre tus palabras.

    Cuando decís:
    Viajar a Palestina no es fácil. Pasar varios controles de seguridad donde tienes que quitarte zapatos, pañuelos, abrigos y el bolso que contiene tus posesiones más valiosas en ese momento; hacer transbordo en enormes aeropuertos internacionales; ser entrevistada por tres personas una después de otra o a la vez; tener que “adaptar la verdad a las circunstancias” cuando en realidad eres pésima mintiendo; pasar horas y horas esperando e intentando recordar todos los consejos que tus amigos te han metido en la mochila al despedirse, a la vez haciendo lo posible por no perder de vista en ningún momento el pasaporte ni los nervios; ver cómo tu equipaje es abierto y tus pertenencias son expuestas delante de todos; cruzar fronteras que parecen abrirse automáticamente para turistas, pero no para la larga cola de palestinos que esperan detrás de ti; y depender constantemente de la ayuda de otras personas que en su mayoría sólo hablan unas pocas palabras de inglés…
    Si yo cambio la palabra Palestina por Estados Unidos, es exactamente lo mismo que viví hace dos o tres años, cuando fui a Guatemala y tuve que pasar por Miami primero y a la vuelta por Dallas, exactamente lo mismo, y teniendo pasaporte europeo, y si me remonto más atrás en el tiempo, también lo pasé en Alemania , sin saber una jota de ese idioma, cuando tenía 22 años. Preguntas y preguntas con caras de desconfío, a las que no podía contestar por el terror que me infundía el de migraciones, sólo por el hecho de haber entrado con pasaporte argentino.
    Y ahora, cómo olvidarlo!, cuando volvía de Londres a Munich, y con pasaporte europeo, fui sometida a un interrogatorio que gracias a mis conocimientos , ahora sí, de alemán y de años de experiencia en aeropuertos, me hizo tomarlo con calma , pero que era digno de ser grabado… ¿no somos los europeos , acaso , una comunidad unida, vivamos donde vivamos? Claro está mi domicilio en Buenos Aires, les motivó someterme a este bendito interrogatorio, haciéndome sentir, que el derecho de sangre heredado por mi padre, no sirve para nada.

    Bien resumís vos, esa experiencia, cuando escribís:
    También para entrar en algunos países occidentales tenemos que aceptar un trato degradante.

    Cuando contás lo de Belén…te sugiero que leas, o le pidas a tus profesores argentinos, un libro llamado Aquarium, de Marcelo Figueras, autor argentino, que habla con una poesía preciosa, sobre el tema, en su novela, creo que habla hasta de la misma terraza…

    Cuando contás:Me dicen que de estos guetos salen los artistas que de noche se atreven a acercarse a los puestos de control israelíes y llenar el famoso muro que separa los dos estados de graffitis: dibujos preciosos, o furiosos, irónicos, inocentes, provocativos, dulces, tristes, feos, fuertes… la mayoría pintados con líneas claras y definidas y coloreados de blanco…
    me recuerda al muro de Berlín, con sus bellos graffities y sus historias de amor entre un lado y el otro…seguramente conocés más la historia del Muro de Berlín que yo, aunque no lo hayas conocido…pero sería bueno buscar el porqué del muro, quién lo construyó y para proteger qué…

    te pego aquí un párrafo que me llama la atención sacado obviamente del libro sagrado de estos tiempos: la wikipedia…jajaj
    Reacciones internacionales en 1961:

    «Una solución poco elegante, aunque mil veces preferible a la guerra.» John F. Kennedy, Presidente de los Estados Unidos.
    «Alemania del Este detiene el flujo de refugiados y se atrinchera tras un grueso telón de acero. No se trata de nada ilegal.» Harold Macmillan, Primer Ministro británico.
    Tras esto, el presidente Kennedy afirmó que Berlín era un «estado libre» y envió unas brigadas de refuerzo de 1.500 hombres a Berlín Oeste. El dirigente de la RDA Walter Ulbricht determinó incluso el control por parte de las Policías Fronteriza y Popular sobre los oficiales y policías aliados, lo que produjo un fuerte rechazo, en particular por parte de los estadounidenses.9 Finalmente, el comandante de las tropas soviéticas situadas en Berlín debió intervenir con los funcionarios de la RDA para calmar la situación.

    Uno se pregunta…por qué USA e Inglaterra siempre en el medio no?
    Y hablando de otros muro, que quizá si conociste:
    El de Ceuta-Melilla… y los africanos colgados de su púas el día anterior al eclipse de sol de 2005.. lo recuerdas…me parece que debías er muy chica…pero fue una vergüenza europea tan grande que daban ganas de vomitar.

    Cuando te preguntás:
    ¿ no estaré yendo en contra de mis valores haciendo exactamente eso, pero por otro lado, ¿hasta qué punto tengo el derecho de cuestionar su estructura social y su cultura, asumiendo que mi modelo occidental puede y debe ser aplicado a cualquier sociedad?

    ahí está la bisagra, ahí el punto clave de tu humanidad e inteligencia, que me obliga a aplaudirte , por tus valiosos 16 años, que son capaces de cuestionarte si debés considerarte superior o no, si lo que en tu educación y tu sociedad es válido lo podés traspolar a otras sociedades, y con qué derecho…qué pasaría si ellas ocupasen España, Noruega o Estados Unidos y obligasen a todos a vivir como ellos? No sería tan aberrante como lo que vos sentíste en este viaje?

    Recuerdo la isla de Lanzarote, las 57 nacionalidades reunidas en el colegio del barrio donde estudió Baltasar, cuando era invitado a comer con la mano, cuando era invitado a comer sobre alfombra, cuando era invitado a comer en restaurantes o a cenar a las 6 y media de la noche, horario nórdico, después de haber almorzado a las 2 de la tarde, horario español! ja…agradezco que nos haya tocado vivir esa experiencia. No era acaso ese también un colegio del mundo pero para niños ?

    y finalmente cuando deseas:
    Espero que en el futuro, los árboles de Palestina dispongan de un mejor espacio para crecer y reciban más agua (sol creo que tienen suficiente), para que la amargura se haga menor y, en vez de espantar a algunos gourmets, sirva únicamente para apreciar mejor la dulzura…
    te digo, yo también lo espero, y creo que si cada pueblo, cada asentamiento, cada nación es respetada, en su religión, costumbres y dulzores agrios, como vos bien definís a Palestina, creo que los árboles crecerán más rápido…

    te abrazo y felicito, por esta hermosa y sincera crónica de viaje de una chica de 16 años en un país en guerra.

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  1. gaza | the zero vector - 20/11/2012

    […] P. S.: Más sobre mi viaje a Palestina // More on my visit to Palestine: here. […]

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