El glaciar de Flatbreen – expedición internacional del 10 al 13 de octubre de 2010 (I)

14 Ene

El principio

Permanece clara y nítida en mi memoria esa mañana de octubre en la que el sol y la niebla que cubría el campus daba un toque épico a nuestra partida. Todavía recuerdo a la perfección la sensación de aventura y desafío que nos invadió a todos cuando subimos al pequeño autobús que nos llevaría al pie de las montañas que tendríamos que escalar: Oda (Noruega), Oliver (Dinamarca), Regina (Groenlandia), Gray y Sophie (Estados Unidos), Rodrigo (Costa Rica), yo y nuestros dos guías, Joakim y Jan Erik, estábamos preparados para la expedición. Después de preparar algunos bocadillos de queso y jamón york en la kantina, llenar nuestras mochilas de 70 o más litros de capacidad hasta los bordes con equipo, ropa interior térmica y comida concentrada (casi como astronautas), despertar al expedicionista más dormilón (que, curiosamente, no fui yo), estábamos listos: ¡el glaciar de Flatbreen nos esperaba!

El equipo (Foto: Rodrigo)

Poco a poco fuimos dejando atrás la civilización: la megalópolis de Flekke, la metrópolis de Dale, la ciudad de Forde, y la gasolinera en la que paramos y donde Gray y yo entramos en el supermercado para observar durante diez minutos una pizza congelada del tamaño de una rueda de tractor, para absorberlo en nuestras mentes y ser capaces de aguantar cuatro días aislados de semejantes placeres (hablo del placer de observar una pizza, porque lo que es comer una, no lo he hecho en meses).

Gray y Rodrigo, metidos en el papel de Rambo y acalorados tras la primera etapa de la subida.

La siguiente parada ya era nuestro destino final, o por lo menos el destino final al que podía llevarnos nuestro conductor Bjarte Morten: nos dejó al pie de la montaña detrás de la cual se encontraba el glaciar, una montaña que escalaríamos por el valle que dejó el torrente que se produjo cuando un lago glaciar rompió su morrena y casi se llevó por delante las granjas a las orillas del fiordo. Ganaríamos alrededor de mil metros de altitud en sólo 2.5 kilómetros, cada uno con una mochila de tamaño y peso similar al nuestro (o eso parecía). Rápido calculamos que cada tres pasos significarían un metro de ascenso y nos miramos un poco asustados, sobre todo yo, que era la más pequeña y ligera de la expedición (en ese aspecto soy difícil de batir).

Sophie y Oda, comprobando que esa era la montaña correcta y no tendríamos que bajar todo otra vez para subir por la ladera de enfrente. (Foto: Joakim)

Mientras Meta se enzarzaba en una lucha encarnizada con los últimos arándanos que quedaban arriba. Aunque más que arándanos, eran pequeñas porciones de helado de arándanos. ¡Crujían entre los dientes!

“Which way?”

“Up!”

(Foto: Joakim)

El ascenso fue, efectivamente, extenuante. Había momentos en los que pensaba que ya no podía dar ni un paso más y andaba utilizando toda mi concentración y fuerza de voluntad para poner un pie delante del otro y no desesperarme. Parecía una montaña interminable, sin cima, la mochila pesaba cada vez más y los músculos me dolían con cada paso. Creo que fue el esfuerzo físico más grande que he hecho en mi vida y realmente pensé en rendirme varias veces durante el camino, o por lo menos echarme a llorar. Sin embargo, fue una sensación maravillosa llegar a la cima, donde nos esperaba Flatbrehytta, la preciosa cabaña roja que sería nuestro refugio en las siguientes tres noches, con el viento soplándote en la cara, exhausta, pero contenta e increíblemente orgullosa de tí misma. Nos sentamos en los escalones delante de la cabaña, disfrutando del impresionante paisaje, las montañas a nuestro alrededor, sólo un poco más altas que nosotros mismos, y abajo del todo el fiordo y nuestro el punto de partida y el pequeño camino que con curvas y saltos subía hasta nuestros pies; y nos tomamos el melocotón en almíbar que Oliver había traído hasta allí arriba, y que era la cosa más dulce y sabrosa que había comido nunca jamás.

Flatbrehyttar

Estábamos tan cansados que ya todo nos parecía bien. Para caminar por el glaciar nos dividiríamos en dos equipos de cuerda, en los que nos ataríamos los unos a los otros para que las caídas a las profundidades abismales no fueran definitivas, o para que si se cayera uno, ya nos cayéramos todos y asunto concluido. El caso es que antes de entrar en la cabaña hicimos una prueba para ver cómo funcionaba, cómo usar casco, crampones, piolets (los picos para el hielo), cuerdas, mosquetones y demás equipo. Una vez terminamos, entramos a preparar la cena. La cabaña era encantadora por dentro. Tenía dos habitaciones: una cocina-comedor-salón y el dormitorio. En la primera había una estufa, dos mesas alargadas con bancos, vajilla, fotos de otras expediciones y dos libros de firmas en los que encontré historias, firmas, dibujos, anécdotas y relatos de visitantes de todo el mundo, muchos de ellos de España y Alemania, lo que me hizo mucha ilusión. El dormitorio tenía aproximadamente ocho metros cuadrados, seis literas y dieciocho camas. Vamos, que dormimos juntos como una piña, y frío no pasamos.

Para ir al baño teníamos que bajar una cuesta entre rocas, cruzar un puente sobre un arroyo de aguas heladas y cristalinas y subir un montecito hasta llegar a una caseta, que estaba anclada a una roca en la cima, muy pequeña comparada con las montañas que la rodeaban y con la apariencia de estar a punto de echar a volar con la siguiente ráfaga de viento. Toda una aventura para echar un pis, pero eso sí, en un marco incomparable. Tenías la sensación de estar sentada en un trono, esta vez literalmente, en la punta del mundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: