Archivos por Etiqueta: roza

estoy en ello, estoy en ello…

19 oct

Si nuestros padres supieran las tonterías que hacemos aquí…

intermedio I

15 oct

Ya sé que he estado en un glaciar, que ha sido una experiencia extraordinaria, que es lo realmente interesante… Pero la verdad es que he sacado cuatrocientas cincuenta fotos y me tengo que poner a ordenarlas primero. Además, hoy he disfrutado, no tengo ni idea del porqué ni del con qué derecho, de un día de vaguería y relax casi absoluto, acontecimiento igual de importante que la conquista del glaciar más grande del continente europeo. Volví ayer y hoy no teníamos clases, porque la semana de proyectos todavía no ha acabado, así que por la tarde Ida, de Finlandia, Rosana y yo nos fuimos a Dale, la gran urbe, la metrópoli, para disfrutar por unas horas de los aires de ciudad. Hicimos auto-stop, cosa que nos funcionó a las mil maravillas de ida y de vuelta, y nos tomamos un helado en un parque, sentadas al sol, que se agradeció mucho.

No sabéis lo bien que nos ha sentado hacer una pausa, simplemente dar un paseo, con otras dos chicas, sin necesidad de hablar de cosas profundas. Y ya hubiera sido el colmo si nos hubiéramos sentado en la terraza de la cafetería como planeábamos, pero los precios nos disuadieron en el último momento. Aún así…

 

extra-long

7 ago

Los días aquí me parecen mucho más largos que en España. No porque anochezca a las doce y amanezca a las cuatro, aunque eso también, sino porque parece que todo cabe en ellos. Desayunamos de ocho a nueve y después tenemos clases hasta las doce, con una pequeña pausa en medio, durante la cual una de dos, o cogemos un té del piso de arriba y observamos cómo Samuel se queda dormido en el sofá, o salimos al aire fresco de la mañana a liberar un poco la cabeza, cosa que se agradece, sobre todo después de los debates, que son bastante intensos. En la “Kantina” se sirve almuerzo desde las doce hasta la una y tenemos tiempo libre hasta la una y media. Por las tardes normalmente hacemos alguna actividad: ir a Dale de compras, hacer una pequeña caminata, probar tiro con arco, ir a la piscina… Cenamos de cinco y media a seis y media y luego podemos hacer lo que queramos hasta cuando queramos (bueno, siempre hay algún límite, sobre todo en lo referente a “lo que queramos”, pero eso, como se dice en inglés, o igual me lo he inventado, es “understandable”). Hemos tenido algunas noches muy divertidas en el “Day Room” o salón, he dado muchos paseos con Rozana, que tiene esta necesidad tan alemana de andar de vez en cuando, me he tirado al fiordo… Mientras que al principio cualquier sonido que hicieran mis compañeras me molestaba (acostumbrada al silencio absoluto de Puentetoma), ahora ya no tengo ningún problema para dormir. ¡Más bien al contrario!

Aún así, me falta tiempo para actualizar el blog y actualizaros a vosotros. Por suerte, hoy es sábado, y los fines de semana somos completamente libres, sólo hay que saber aprovecharlos (cosa que no hice el fin de semana pasado). Hoy me he levantado a las siete y media para correr con Erik. Erik es un voluntario que ha llegado ayer, en sustitución de Lars, Liz y Hodan, que se marcharon ayer. Hemos corrido unos quince minutos y antes de duchar hemos saltado al fiordo para refrescarnos. Sí que refresca el fiordo, sí. He disfrutado de uno de los mejores desayunos jamás ingeridos. No por la variedad de la oferta o por la calidad de la comida, pero ya sabéis que con hambre todo sabe a gloria. La comida aquí tampoco es tan mala, para ser sinceros. En el almuerzo siempre tienen verdura cruda para mezclarte una ensalada, algunas cosas están buenas y de vez en cuando hay fruta de postre. En mi opinión, podrían limitar un poco las patatas cocidas y los pasteles de pescado y patata, cuando es mucho más fácil cocinar pescado, pero por lo demás no tengo quejas.

De momento, esta es la única prueba que tengo de nuestros saltos al fiordo. Pero ya hay un video grabado…

Hoy hemos estado charlando con David, el director o “Headmaster” del Colegio en Canadá, el Lester B. Pearson United World College. Está aquí de visita para disfrutar del paisaje y por supuesto, para conocer nuestro Colegio. Ha sido muy divertido, porque ha entrado en nuestra habitación justo cuando me había cambiado al pijama. No había recogido mi esquina. Pero me estoy desviando del tema. El caso es que es una persona muy accesible y tranquila, que ha estado hablando con nosotros también otros días, sentado en nuestra mesa durante el desayuno. Incluso se ha ofrecido para llevar mensajes al otro lado del Atlántico a gente que conocemos allí, incluida una carta a mi coaño Antón. ¿No os parece todo un detalle por su parte?

Ahora estoy sentada en el Day Room, mientras casi toda la casa está durmiendo (toda la casa son ahora veinticinco personas, todavía tengo que acostumbrarme a eso), observando a un megamosquito que está intentando despegarse de una de una tela de araña. Casi me da pena, pero no le ayudo porque puede ser el causante de la picadura que tengo en el brazo, del tamaño de una moneda de cinco coronas noruegas (que por cierto tiene un agujero en el centro, como las veinticinco pesetas españolas). ¡Tengo varias historias para vosotros! Lo malo es que no tengo buenas fotos…

El Café.

Son las diez y media y todavía no hay señales de vida en Sweden House. Pero es comprensible, ayer nos hemos acostado bastante tarde. Nosotros, los alumnos del Summer Course nos hemos encargado de un pequeño Café para la celebración de la iluminación de Jakob Sande. Suena genial, ¿no? Resulta que durante en la primera mitad del siglo XX vivió aquí un poeta que un buen día tuvo una especie de iluminación. Es bastante famoso por estos lares (es fácil, creo, pero no vamos a quitarle mérito), y cada año la gente va en barco hasta la cabaña donde vivió, en Flekke. Una vez han mostrado sus respetos, vuelven al colegio y a las nueve hay un concierto y después bailes populares. Nosotros aportamos la comida, unos maravillosos pasteles de chocolate y manzana, bocadillos, empanadillas de Palestina, chocolate caliente con nubes o “marshmallows” y otras bebidas menos interesantes. El “Cooking Comittee” hizo un gran trabajo, con Rozana aportando platos tanto palestinos como alemanes, pero a mi me tocó la decoración, que gracias a la ayuda de Martha, de Polonia, Marhia, de Timor Occidental, y Samuel, también fue memorable.

Salado…

… y dulce.

Para mí, lo mejor fueron los bailes populares. Viendo mis ganas de probar, Kath me presentó al máximo profesional del colegio, que bailó dos veces conmigo. No sé si paró porque veía que eran demasiadas vueltas para mí al ritmo de los violines, violas y otros instrumentos o porque desistió definitivamente, pero fue muy, muy divertido. Luego bailé por toda la cocina con Peshwas y luego con Ben, pero hay que reconocer que las personas mayores estaban más activas que ellos. Fue genial, y recaudamos casi ocho mil coronas. Eso va todo a la Fundación Jakob Sande…

La idea de Kath, la traslación a materiales comunes mía, la creación de Marhia y la arena de Sam.

Yo, evolucionando en medio del ajetreo, con una cámara y una manzana. Foto de Ben.

Además ha sido un gusto trabajar con todo el mundo. Me he estresado demasiado al principio, porque era un trabajo en equipo y yo todavía iba con el chip de “voy a hacerlo yo, porque sino nadie va a mover un dedo”, pero luego me he relajado al ver que entre los días extra-largos y el equipo de personas creativas, pensantes e independientes que éramos, había tiempo de sobra. Hicimos unos cuencos de papel preciosos para las velas, con bolsas de chucherías rellenas de arena y decoradas con ramitas de arándanos y flores rosas.

Mi “name-tag” y Freia, la diosa noruega que intentará evitar males mayores durante estos dos años. Por lo visto es la diosa del amor y de la fertilidad, cosa que ha propiciado bromas suficientes por aquí.

Hoy por la tarde iremos a Dale, a una especie de festival en el que enseñaremos nuestros trajes regionales (he, he, he) y algunos actuaremos. Como yo soy medio alemana, medio española, seguramente participe en un baile nepalí con un vestido del Tíbet. Ya veremos.

Karolina y yo estamos contando los días del Summer Course, viendo que se nos van volando. Ya llevamos dos semanas aquí, lo que significa que sólo nos quedan otras dos semanas por delante. Por un lado por supuesto queremos conocer a nuestros coaños y segundos años, que nos preguntan en Facebook cómo nos lo estamos pasando, y qué tal nos parece todo esto, pero por otro lado queremos que éste siga siendo nuestro territorio, que no venga nadie nuevo a “romper la paz”, que no empiece el curso… No lo podemos evitar, y pienso que es algo natural que nos sintamos así. Roza y yo tenemos un poco de miedo de que el campus comience a menguar a nuestro alrededor. Somos sólo veinticinco y las lavadoras siempre están llenas (por lo menos las que funcionan) y es casi imposible escapar por unos minutos a la islita. Esto también se debe a que no conocemos sitios a donde ir, a nuestro alrededor sólo hay montañas, y para poder adentrarse en los bosques hay que conocer el camino. Pero eso tiene fácil arreglo. Sabiendo que tengo una compañera asegurada, pondré más empeño todavía en aprenderlo pronto. También hay bastantes rocas en los alrededores, que a mí me producen un escozor en las yemas de los dedos con sólo verlas. De momento sólo he estado en la “habitación de escalada”, del tamaño de nuestra cocina en Puentetoma y con el techo inclinado. Me encanta, es muy acogedora y divertida, porque para cada presa (las piezas a las que te puedes agarrar o que pisas) hay varias anotaciones en boli, indicando el nombre de la vía, con que mano la cogió el autor de la nota, el nombre de la presa (por ejemplo “dedos de mantequilla”)… Tengo que hacer fotos.

En dos semanas también tienes tiempo para por lo menos empezar a conocer a las personas con las que vives y mirar detrás de la emoción, la alegría y la simpatía del principio, y ver si hay algo interesante detrás. Por supuesto, nadie es perfecto y hay gente con la que no tengo tanto trato, porque hay facetas de su comportamiento y de su forma de ser que no me gustan, sin que por ello tengan que ser malas. Con otras personas comparto ciertas situaciones, en general hay gente con la que me resulta más fácil estar sola, o en un pequeño grupo, porque no me gusta el papel que se atribuyen cuando estamos todos juntos, y porque la forma de ser siempre varia dependiendo del momento. También pensé que iba a ser más fácil ser tolerante.

Hay personas con las que estoy porque nuestros caracteres con similares (aunque nuestras ideas y opiniones sean completamente dispares), porque nos parecemos en la forma de ser y por lo tanto todo es mucho más sencillo. Me puedo ahorrar la mitad de las palabras y sé que me siguen entendiendo, y me hacen sentir un poco como en casa, porque también son parecidos a las personas con las que convivo normalmente. Luego hay otros con los que estoy simplemente porque te sientes a gusto con ellos, porque me parecen fantásticos. Esos son los menos, pero los que realmente valen la pena. Sé que puedo confiar totalmente en ellos, aunque sólo los conozca de dos semanas (quizá sea demasiado inocente, pero como ya he dicho, me vale la pena). Me gusta como tratan a las personas, cómo tratan a las personas siempre, su forma de ser, de hablar y de actuar. Es maravilloso estar con ellos, parece que siempre saben lo que necesitas en cada momento. Cuando estoy harta del pan de la Kantina, cuando quiero hacer alguna tontería, cuando quiero tirarme al fiordo, cuando me apetecen algunos arándanos, cuando sólo quiero sentarme en la roca al sol, cuando tengo el impulso de empezar una guerra de algas…

Bueno, el mosquito ha dejado de luchar y los primeros dormilones han comenzado a bajar por las escaleras. Casi es hora de comer, así que por ahora me despido…

Sozialising

1 ago

Aquí estoy sentada en el pasillo con dos “awesome girls”, como me han dicho que me refiera a ellas, Mende de Bután y Kanchan de Nepal. Hemos establecido aquí nuestro cibercentro, porque la conexión a internet en nuestras habitaciónes es demasiado lenta para bloggear, facebookear y skypear. A veces aprovechamos la ocasión para cantar algo en frente de la puerta de los chicos (a propósito de cambiar los roles). Estoy chupando con (mucha) reticencia un trozo de queso nepalí duro como una piedra que lleva diez minutos en mi boca y todavía no ha cambiado de forma ni de constistencia. Bueno, lo que no mata engorda. Como el té chino de Tian Ge, o el alimento desconocido que me ha dado Mende, una especie de fideos secos con un sabor relativamente inofensivo que se convertieron en una bola de fuego cuando Mende les echó una especia también desconocida.

El caso es que mientras Karolina y Kanchan mantienen respectivas conversaciones con sus ordenadores, la una en polaco y la otra en nepalí, yo no sé qué escribiros. Han pasado tantas cosas otra vez…

Antes de ayer fuimos introducidos por primera vez a la comunidad de Flekke. Ya habíamos ido antes a “flekkeshop”, para comprar chocolate por veinte coronas, champú para algunos, pringels para otros. Pero ayer por la tarde había una barbacoa y un pequeño grupo, mejor dicho un duo, que tocaba música, y muchos habitantes de Flekke, unas cincuenta personas, se habían reunido fuera, debajo de un tejadillo. Nosotros comimos el postre de nuestra cena, plátano cocido con chocolate (¿o era plátano con chocolate cocido?), cuyo mayor atractivo era observar a los demás comer, e intentar hacer algunas fotos interesantes. Cosa que por cierto he conseguido, pero no son apropiadas para un blog serio como es el mío.

Seriedad es también la prioridad de mi co-año venezolano Samuel. Una seriedad presente en todas sus… capas.  Cuando le pregunté si podía subir esta foto, me dijo “Soy un tipo desenrollado, Lea.” Menos mal que me estoy acostumbrando a su acento (en realidad dijo “desenrollado”) y ya no me tiene que repetir las cosas veinte veces y luego en inglés.

El postre.

Thale, una voluntaria noruega del Sommer Course, haciendo una foto de, no sé, los típicos niños noruegos. Pelo casi blanco, vestidos de verano, y hablando nouego.

Marhia, Kanchan y Mende, de Bután, con sus armas preparadas para tostar marshmellows.

Roza y yo, eco-artistas.

Así que estuvimos cantando algunas canciones acompañados por una guitarra, casi alrededor de un fuego… Muy típico de un campamento, lo sé.

Ayer fuimos a Dale (escrito con un punto sobre alguna de las vocales), la “gran ciudad” con un supermercado, un mini- centro-comercial, un banco y un café. Ohhh. Nos aburrimos después de veinte minutos y Roza, Karolina , Sam(uel) y yo decidimos andar los 10 kilómetros de vuelta. Llovía un poco y creo que no nos dimos cuenta de lo que son diez kilómetros. El caso es que terminamos haciendo auto-stop. Nos recogió una señora mayor muy simpática que hablaba inglés y con la que charlamos un poco. de todas formas, la gente de por aquí, ya van con el chip de UWC puesto.

Durante el tramo que caminamos, estuve hablando con Roza(na), mi compañera germano-palestina, con la que también hablo alemán. Es muy interesante pasar tiempo con ella, porque para mí (por supuesto para ella no), es contradictoria. Por un lado tiene un carácter bastante alemán. Le encanta caminar (“Nach dem Essen sollst du ruhn oder tausend Schritte tun”), es muy activa, muy directa en algunas cosas y valiente. Pero por otro lado es musulmana y tiene ideas bastante machistas, o digamos mejor ideas que comprometen la independencia de las mujeres, sobre todo en cuestión de relaciones personales. Me cae muy bien y es precioso como combina los pañuelos. El pañuelo inferior, el pañuelo superior y su ropa siempre encajan a la perfección y tarda diez segundos en atarselos.

Hoy hemos conocido un poco más la flora y el paisaje noruego (la fauna no se deja ver). Dimos un pequeño paseo, llegando a otra parte del fiordo, donde tuvimos nuestra hora boy-scout preparando un fuego y unos “panes en palos”, y luego los ya rutinarios marshmellows tostados. Mientras los demás se inclinaban más hacia lo dulce, mi “pan en un palo” se convirtió en una pizza noruega, con orégano en la masa y queso fundido dentro.

Yo preparando los palos para los panes. Fotógrafo: Ben. Hvala, Ben!

Me estoy enamorando de la chaqueta de Loyola. Seguro que el color verde manzana se agradecerá durante los crudos y blancos inviernos. Esta foto también es de Ben.

Jolines, el queso este nepalí sigue sin disolverse. Aunque ahora parece que salen pequeños trozos de una sustancia blanca (y por supuesto desconocida) del interior…

*Otro evento importante de hoy: guerra de algas contra Ben, que empezó conmigo pensando “creo que puedo meterme en el fiordo hasta las rodillas” y acabó conmigo pensando “dios mío, he conseguido tirarle a las algas”. Resultado: empate.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.