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una semana de muchos números

18 ene

1 vuelta


Flekke nos ha dado la bienvenida de la mejor forma que ha podido. Cuando volvimos de nuestros hogares o viajes, muchos de un clima que comparado con el noruego se puede calificar de templado como mínimo, Nina y Joaquín tostados como granos de café y Daniela con marcas de bikini, nos encontramos en medio de una postal navideña nada más saltamos del autobús. Había nevado en nuestra ausencia y el campus estaba cubierto con una capa de medio metro de nieve. La luna le daba a todo un resplandor banco y brillante y se adivinaban los distintos edificios por las pequeñas luces naranjas de las ventanas. El aire frío nos despejó en un segundo las cabezas embotadas por las horas de aeropuertos, aviones, esperas y carretera, y nos fuimos corriendo, medio deslizándonos por el hielo, con las maletas fuera de control, a nuestras respectivas casas para ponernos algo encima antes de salir a saludar a la gente. Todo sea dicho, después de una semana, el dios del tiempo decidió que ya habíamos tenido suficientes cosas bonitas, y dejó de nevar suavemente para empezar a llover y a hacer un poco más de calor, algo que convirtió los caminos del campus en un territorio peligroso como un campo de minas. Los últimos dos días han sido los más deslizantes desde que estoy aquí: la lluvia derritió parte de la nieve, inundándolo todo, y por las noches se helaba para convertirse en una consistente capa de hielo, que se derretía de nuevo por el día, convirtiéndose en una combinación de agua y hielo mortal. No sé cómo no me he caído todavía, pero desde luego soy de las pocas que han tenido esa suerte. Yo creo que es porque no me quito mis botas de montaña… Hoy le decía a Gareth que el fiordo parefe una puesta en escena del futuro del casquete polar en los próximos cincuenta años, narrado en un día. Con la lluvia, ha ido adelgazando más y más la capa de hielo que lo cubría hasta que a eso de la media tarde, incluso las gaviotas que se habían estado paseando por ella alzaron el vuelo alarmadas.

Aunque la mayoría de nosotros nos sentimos bastante extraños en nuestra propia casa, para mí tampoco fue como volver al sitio al que pertenezco. Más bien, como si me hubiera quedado atrapada en medio. Probablemente será cierta la teoría de que el alma viaja a su propio ritmo, y que hay que esperarla con paciencia, porque ahora ya me siento como si no me hubiera ido, por lo menos en ese sentido. En otros aspectos, sí se nota que me ha sentado bien salir de la burbuja flekkeriana por algunas semanas. Una vez aquí, estoy mucho más segura de lo que quiero hacer, y de lo que no quiero hacer, de lo que creo que es correcto, cuál es una buena hora para irse a dormir, cuándo sentarme a estudiar biología en vez de ver una película y cuándo pasar un poco de todo y ver Desayuno con diamantes con Karolina. Me parece más fácil tomar decisiones y tengo claro que no puedo hacer todo lo que parece interesante, y ya no tengo miedo de que todos mis amigos se olviden de mí porque pase una tarde con la nariz enterrada en los libres, sino que luego aparecerán en la kantina con la misma expresión amodorrada que yo y probablemente tengamos una cena un poco más ruidosa de lo normal para liberar parte de la energía física y compensar la pérdida de energía intelectual. Os prometo que a veces hay tal desequilibrio entre una y otra que no querríais participar en nuestras cenas…

También me he dado cuenta de la seguridad que da estar en un entorno con gente que piensa parecido a uno mismo, o que por lo menos no cuestiona continuamente tus ideas o creencias. Las increíbles diferencias de opinión, creencias e ideologías nos hacen un poco susceptibles a comenzar a debatir enseguida, a que una conversación amigable se convierta rápidamente en una discusión acalorada y a que siempre necesites argumentos fuertes para respaldar tu opinión. Algo que a veces cansa mucho, pero que al fin y al cabo es una de las cosas para las que hemos venido aquí, y que, una vez que has aprendido a cambiar de opinión cuando realmente estás convencido, o a convencer cuando piensas que tienes la razón, te ayuda a encontrar las filosofías con las que estás más de acuerdo y liberarte de equipaje que has adquirido aquí y allá casi en contra de tu voluntad.

Otro de los factores que posiblemente nos ayudó a sentirnos rápidamente como en casa es que nos vimos sumergimos en seguida en un torbellino de actividades y trabajo. Después de una semana de bastante trabajo para el colegio y de “reengancharse” las asignaturas, vino un fin de semana extraordinariamente activo…

 

2 despedidas


Y nada más llegar, nos tuvimos que despedir de algo, o mejor dicho, de alguien. Una de mis Campus Responsibilities, es decir, los servicios con los que ayudo a que el campus funcione y en algunos casos tenga ciertos beneficios añadidos, es cuidar de los dos caballos que mantiene Haugland, el centro de rehabilitación, para una de las actividades en las que pueden participar sus pacientes. Por las mañanas siempre los puedes ver paseando delante del ventanal del aula de Historia, o te los encuentras por la tarde cuando vas de camino a… donde sea que vayas. Cuidar de los caballos es uno de los servicios más bonitos que tenemos, por lo menos en mi opinión. Tanto, que a la mayoría de los que lo hacemos no nos importa levantarnos pronto (luego nos cunde más el día), que después nos apeste la ropa (la motivación perfecta para hacer la colada) ni que tengamos que caminar diez minutos para llegar por la nieve o el hielo o acarrear paladas de caca de caballo durante otros diez. Ulf y Nikita son dos caballos preciosos, bastante grandes, que antes eran caballos de carreras. Nos ocupamos de que tengan los establos limpios, las herraduras en buen estado, comida suficiente, el pelaje cepillado, les damos un poco de conversación y de vez en cuando media manzana que hemos robado de la kantina.

Ulf

Nikita

El otro día, Angie, la profesora responsable de nuestro grupo, nos convocó para una breve reunión antes de la cena, para explicarnos por qué ese fin de semana había puesto a todos en los turnos, cuando normalmente siempre libran tres o cuatro, para que no nos tropecemos los unos con los otros. Pues resulta que el establo necesita una restauración integral y a Haugland no le compensa gastar dinero en los caballos, así que los va a retirar, o, como se diría en alemán, “abschaffen”, un verbo que me hace pensar en alguien sacudiéndose algo pegajoso con cara de asco encima de la papelera, y que en este caso es un eufemismo para llevarlos al matadero. Es una auténtica pena, porque son caballos fuertes y rápidos y tampoco son tan viejos. El problema es que no se pueden usar para el trabajo en el campo, por lo que no han encontrado a nadie que quiera quedárselos. También han rechazado nuestra propuesta de intentar recaudar fondos o ayudar de alguna forma, aunque supongo que desde un punto de vista objetivo, nos hubiera resultado muy difícil conseguir el dinero necesario o incluso una parte relevante.

Así que este fin de semana los hemos tratado especialmente bien. Como un último placer les traje un poco de azúcar de la kantina, los cepillamos dos veces y les preparamos una cama extra-acolchada y un comedero lleno hasta los bordes. Nos dimos cuenta de que ya les habían cortado la crin y la cola y nos llenó de indignación ver el destrozo que habían hecho al quitarles las herraduras. No paraban de rascar el suelo de dolor y les faltaba la mitad del borde de la pezuña. Horrible.

Pero bueno, aunque creo que no tuvieron una vida de caballo maravillosa, al menos recibían visitas de veinte estudiantes de diferentes países de los que cada uno les contaba sus penas en un idioma distinto, y que intentaron cuidarlos lo mejor posible.

3 visitantes

¡Este fin de semana he tenido visita! Sí, yo, Lea Sánchez Milde, he tenido visita en Flekke. Resulta que estos dos días estuvo en el colegio un experto del programa Youth in Action, que financia proyectos desarrollados y llevados a cabo por jóvenes, para dar unos talleres informativos sobre el programa y prácticos acerca de planear y presentar proyectos. Para participar en ellos, vinieron desde el United World College del Atlántico, en Gales, Yassin, de Marruecos, Stine, de Noruega, y Sergio, de… ¡España! Así que les estuvimos enseñando un poco el campus, la kantina, el auditorio, las clases, y la vida en el colegio durante un típico viernes por la tarde. Fue un placer tenerlos aquí, primero porque fue genial ver a uno de mis coaños perdidos por el mundo, y segundo porque adquirimos un conocimiento general de cómo es el Atlantic College comparado con el nuestro. La verdad es que tenemos mucha, mucha suerte, aunque a veces no nos lo parezca. Primero, por la libertad y segundo, por los medios de los que dispone Red Cross Nordic United World College, y que en general damos por supuestos.

Relativo a la libertad, no podíamos creer lo que oíamos cuando nos contaron que allí tienen toque de queda a las diez y media, hora a la que todos deben estar en sus respectivas casas y pasan los profesores comprobando que cada oveja esté en su corral. A partir de esa hora, los chicos no pueden estar en el pasillo de las chicas, ni en sus habitaciones, faltaría más, o salir de la casa. Si lo hacen, corren el riesgo de ser pillados por uno de los que hacen guardia fuera (sí, guardia), y que escribirán el nombre del criminal en sus tablillas de pizarra. Yo me sentiría encerrada, simplemente por saber que fuera hay gente vigilando que no salga, me volvería muy inquieta. En nuestro colegio, tenemos pasillos compartidos y no existe un toque de queda. Sólo hay un sitio en el que no puedes estar a partir de las doce de la noche, y ese es otra habitación, pero siempre tenemos las clases, el auditorio, la biblioteca, el salón de la casa o, si quieres, las montañas, para estar siempre que queramos. Y los profesores son extremadamente flexibles con lo de estar en otras habitaciones. Además, fuera del campus podemos hacer lo que queramos, mientras no regresemos completamente fuera de control. En Gales, puedes ser castigado por algo que haces fuera del campus. A pesar de todo, hay muchísimo más alcohol que aquí, donde es muy, muy discreto. Sin embargo lo que más me ha chocado, es que en el Atlantic College está mal visto lo que aquí respetamos todos en cualquier circunstancia y defendemos con uñas y dientes si es necesario, por la importancia que tiene: la privacidad. En Gales no tienen cortinas como nosotros, con las que convertimos nuestra cama en una cueva aislada del mundo cuando queremos, para estar solos o para compartirla sólo con la gente que realmente está invitada. Algo sin lo que, en mi opinión, no es posible una vida equilibrada o sana, ¡allí ni siquiera existe!

En cuanto a los medios, tenemos habitaciones más grandes , un baño por habitación y no tres por casa, Internet a una velocidad razonable en las habitaciones y excelente en el edificio de ciencias, y una oferta de actividades mucho más variada, a parte de un sistema que permite cambiar de opinión, probar distintas cosas, quedarse con lo que mejor encaja… En el Atlantic College, se quedan con las mismas actividades todo el año.

En general, la visita nos ha hecho abrir los ojos y mirar un poco fuera de nuestra burbuja. Parece que es cierto eso de que somos el Colegio más liberal y el único que no está pasando estrecheces económicas. Algo que no nos debe frenar al intentar mejorarlo, pero sí debería someter a una segunda reflexión muchas de las críticas y quejas que lanzamos a nuestro alrededor.

Cuidamos a nuestros visitantes para que no se cayeran con el hielo, encontraran las clases a las que tuvieran que ir y se llevaran una buena impresión del colegio. Nos encanta tener visita del exterior de vez en cuando, para que sople un poco de aire fresco entre las mesas abarrotadas de nuestra kantina. Ya sabéis, si por un fin de semana queréis ser objeto de atenciones y del interés de ojos y oídos de todo el mundo…

 

6 invasores

¡Las de los terceros años! Seis ex-alumnos que graduaron el año pasado vinieron a pasar unas pequeñas vacaciones en el campus, visitar a algunos amigos y, me imagino, ver cómo ha ido todo desde que se fueron. Los segundos años los han tolerado con desconfianza, no vaya a ser que se quedaran aquí y ellos volvieran a ser los pequeños, nosotros los hemos observado con curiosidad y a la vez nos hemos sentido observados como “la siguiente generación” y ellos han ido a lo suyo con los amigos que tienen entre los segundos años. Pero da la casualidad de que una de ellos era mi tercer año de Alemania, Joane, con la que estuve charlando un rato. Me hizo mucha ilusión conocerla en una de esas casualidades que ocurren en la red de los UWC, y por el poco tiempo que hablamos, me pareció una chica muy simpática. Me contó que por parte del padre es portuguesa (sí que viajan las alemanas, ¿no?) y que ha vivido la mayor parte de su vida en París y Berlin-Kreuzberg, uno de los barrios que en libros siempre veo retratado como la mezcla perfecta de culturas, mentes pensantes, ideologías, nacionalidades y revolucionarios, en una ciudad que ya de por sí me la imagino activa, energética y extremadamente interesante. Algo que quizá no sea más que una fantasía producida por las ganas enormes de visitarla, pero en la que me suelo recrear mirando al vacío y con una sonrisa dirigida a nadie en particular.

Joane está estudiando ahora en Glasgow, Escocia, y me habló de un proyecto que tenían para “okupar” y reutilizar una casa en un pueblo abandonado, por lo visto medio-invadido por la naturaleza. Algo que casi podría ser perfectamente una acción del KuKuProjekt, ¿no? En todo caso les deseo suerte en la lucha contra una burocracia y unas leyes que en este caso no parecen especialmente productivas.

1 fiesta

Como no podía ser, al final fui a la fiesta, perdón, a la “prom” en Dale, y paseé mis pantalones de Desigual por un bosque de piernas femeninas cubiertas sólo de medias de seda, si acaso, y mi jersey de colorines entre un mar de vestidos que se pueden describir como los de la cena de Navidad, sólo con un toque más… provocativo. Pero provocativo no exactamente en el mismo sentido que el aplicable a mi conjunto de pantalones y colorines, creo.

Lamentablemente, como ya había esperado, no trabamos amistad con los pocos noruegos que aparecieron. El único chico con el que entablé conversación fue un francés que vive en Dale desde hace sólo seis años, y que tenía una actitud mucho más abierta que los demás. Así que no sé si realmente cuenta.

Comimos, bebimos, bailamos y no fue excesivamente emocionante. Pero sí fue curioso lo fácil que es sentir la presión de la mayoría, de las masas, y de lo insegura que puede hacerte sentir si no estás segura al cien por cien se tu causa. Por suerte, estaba segura al noventa y nueve por cien, así que aguanté algunos ataques ligeros de incomodidad y disfruté de la comodidad y del respeto a mí misma recién ganado.

El tema no da para mucho más, la verdad… Salvo que queráis un ejemplo de mi magnífica capacidad de organización y control de una cadena de eventos. Justo antes de que saliera el último autobús hacia Dale, tenía mi primera sesión oficial como socorrista en la piscina de Haugland, que usamos a cambio de un alquiler que paga el colegio. Así que me tuve que preparar antes de la cena, para lo que, podéis creerme, no necesité tanto tiempo. Después me llevé mis cosas para la piscina asimismo como mi perfume de vainilla negra que me regalaron los Reyes Magos y cuyo aroma fue desafortunadamente extinguido por los vapores dulces y pesados de los demás. Así que me pasé una hora sentada en la piscina, con la camiseta de los UWC que recibí del comité nacional puesta para inspirar confianza y el maquillaje y los pendientes para la fiesta, mientras mi decisión de ir era sometida a una última, dura prueba al ver la piscina vacía salvo por mis dos sirenas Stine y Vita y yo sentada sin poder nadar.

Me pregunté seriamente si valía la pena invertir tanto tiempo y energía en un acto de protesta que al fin y al cabo, no despertaría reacción alguna en la inmensa mayoría de la gente, y, si acaso, más sorpresa o extraño que reflexión. El único que pareció estar de acuerdo conmigo era Sam, lo que por su parte, me sorprendió a mí. Sin embargo, él lo veía más desde el punto de vista del esfuerzo invertido en arreglarse, sin duda alguna mucho mayor en las chicas que en los chicos. Para mí, la cuestión iba un poco más allá, poniendo en duda el sentido de la etiqueta en general y del concepto de fiesta americana introducido en nuestra sociedad sin problema u oposición alguna.

Una cosa tengo clara: ahora que he manifestado mi opinión, en la próxima situación parecida me puedo quedar tranquila y disfrutar de unos largos en paz. Esta vez, y aunque no tuviera efecto alguno, mi espíritu un tanto guerrero o revolucionario, me empujó a hacerlo, aunque solamente fuera para defender mi opinión y quedarme a gusto. Creo que es la edad…

 

1 concierto

Anders Löfberg con su cello, que no es un cello como otro cualquiera.

Más NÓRDICo imposible, pero más internacional, difícil. El concierto que dio el trío sueco NORDIC en el auditorio este sábado fue uno de los mejores en los que he estado en los últimos tiempos. La actuación era parte del festival regional FolkJazzScena y el grupo, compuesto por una mandolina, un cello y una “nyckelharpa” o “llave-instrumento de cuerda” tocó canciones propias inspiradas en melodías suecas, brasileñas, andinas y de otras partes del mundo, en el reggae y en el vuelo y la búsqueda de objetos brillantes de una urraca o “skatan”. Con mucho carisma, fluidez, humor, creatividad y picardía, medio en sueco, medio en inglés, presentaron alrededor de ocho, diez temas en los que explotaban al máximo las posibilidades de sus instrumentos, intercalando de vez en cuando sus propias voces, y daban un buen ejemplo de las cosas nuevas que se pueden hacer con la música y los instrumentos tradicionales, para que no resulten aburridos, sino innovadores, no viejos, sino juguetones, y no se escuchen las mismas canciones en todos los conciertos de “nickelharpa” a los que se va.

Magnus Zetterlund y mandolina

El trío

Nyckelharpa y Erik Rydvall

Demostrando una gran sintonía entre ellos y una capacidad admirable de “manejar” al público, nos dejaron a todos un muy buen sabor de boca y una risa en los labios. Aunque, todo hay que decirlo, la gracia y el carisma hicieron un tercio del trabajo. De hecho, los dos mayores me recordaban a los hermanos Dalton y el más joven, a Lucky Luke. Una asociación sin mucha lógica, pero bastante divertida. Os dejo con un poco de música de Anders Löfberg (cello), Magnus Zetterlund (mandolina) y Erik Rydvall (nyckelharpa) y dos links:

La urraca


1 actividad

Una de las actividades en las que estoy involucrada como parte del programa CAS (creatividad, acción y servicio), obligatorio para obtener el diploma del Bachillerato Internacional, es Bergum Mottak. Bergum Mottak es un centro para refugiados, o, mejor dicho, para aquellas personas que han pedido el estatus de refugiados en Noruega. Vienen de Somalía, Sri Lanka, Rusia, Afganistán, Etiopía, Eritrea o de otros países, vienen mujeres, hombres, niños de todas las edades, con y sin estudios, hablando o sin hablar inglés. Llegan, y no saben si van a conseguir el permiso de residencia o no, ni cuánto tiempo van a estar esperando. Viven en una especie de residencias de pasillos altos, estrechos y vacíos, pintados de amarillo, cada uno en sus habitaciones, las familias en pequeños apartamentos, con cocina, baño y salón compartidos, sin posibilidad de trabajar o de hacer nada salvo algunos cursos de inglés o noruego en el mismo centro, siempre esperando e imaginándose el futuro de diez maneras distintas. Nosotros los visitamos dos veces al mes, un grupo cada segundo martes, el otro casa segundo jueves, e intentamos sacarlos de la monotonía, darles conversación y jugar con los niños.

Para mí supone un montón de energía, romper el ritmo de la vida en el campus, viajar dos horas en autobús y cambiar tan repentinamente de contexto, y hasta ahora estaba segura de que estábamos haciendo algo beneficioso, pero hoy después me he puesto a pensar después de escuchar los comentarios de mis compañeros explicando a un nuevo miembro del grupo los objetivos de la actividad. Me he quedado sorprendida por la especie de complacencia que hemos adquirido, de la idea de que “hacemos el bien” a nuestros protegidos, que la gente nos debería estar agradecida porque vayamos y hablemos con ellos, y que es normal que cuando no los entendamos bien sonriamos y asintamos con la cabeza, cuando, en mi opinión, tienen un nivel de inglés impresionante para las situaciones de las que han venido, y la mayoría está más que dispuesta a entablar conversación con nosotros, nos ofrece comida y té y no parece importarles que “invadamos” sus casas sin preguntar, que en cierto modo, es lo que hacemos. Creo que tenemos que replantearnos para qué estamos realmente allí, y darnos cuenta de que somos nosotros los que obtenemos el mayor beneficio, los que deberíamos estar agradecidos y considerar a los habitantes del Bergum Mottak con más respeto.

Lo estuve comentando con Fannie, porque nos imaginábamos que ellos quizá nos estarían viendo como visitantes de un zoo, que vienen a observar especies exóticas que no tienen en casa, y que probablemente no siempre que aparecemos por allí e imponemos nuestra presencia tienen ganas de recibir visitas. ¿Es mejor quedarnos nosotros en una habitación y esperar a que ellos vengan a nosotros? ¿Vendría alguno?



El glaciar de Flatbreen – expedición internacional del 10 al 13 de octubre de 2010 (III)

15 ene

El día siguiente había llegado el momento de la esperada expedición. Barajamos varios recorridos y nos decidimos por uno que cruzaba toda la lengua del glaciar y nos llevaría a uno de los picos que asomaban de vez en cuando entre el hielo. Nos pusimos en marcha, de nuevo con un sol radiante y la comida en nuestros termos (sin embargo, decidimos esta vez dejar la pasta para la cena) y después de una hora más o menos de marcha habíamos llegado a un lateral del glaciar. Esta vez habíamos andado más por tierra firme para evitar la zona más agrietada, por la que el avance es más lento, y ya estábamos en la zona central del glaciar. Queríamos aprovechar bien el día para llegar hasta donde nos lo habíamos propuesto (y regresar), así que no se trataba de encontrar el camino más emocionante ni el desafío más aventurero, sino de mantener el ritmo y concentrarse. En la parte central, cuando ya nos habíamos alejado de los bordes y parecía que nos encontrábamos en una infinita llanura helada (el sol había dejado paso a un cielo gris y a un poco de niebla que aportaba un toque misterioso y a ratos inquietante), el suelo era plano, sin montículos no hendiduras, sólo unas suaves “olas”, parecidas a diminutas dunas de hielo, daban relieve a la superficie, en la que se veían como una cenefa de medias lunas azuladas con un efecto ligeramente psicodélico.

Las dunas psicodélicas

El paisaje desde la parte central del gciar, más llana y cómoda para andar.

Cerca de los laterales, sí nos encontramos con un auténtico laberinto de gritas que se abrían a nuestros pies y entre las cuales a veces sólo había un camino de cinco centímetros de grosor por el que teníamos que pasar, y eso sin podernos agarrar a nada, ya que no había nada más arriba, y viendo a ambos lados el azul de las capas inferiores de hielo. ¡Un poco preocupante, a veces!

El laberinto de grietas del que salimos.

Llegamos efectivamente a la montaña, que se elevaba unos cien metros sobre el hielo y cuyas laderas estaban formadas por rocas sueltas con las que teníamos que tener bastante cuidado de no tirárnoslas los unos a los otros a la cabeza y matarnos. Cuando llegamos arriba, me sentí como la emperatriz de las montañas y fiordos noruegos: ¡más alto no se podía llegar! Bueno, claro que había picos más altos un poco más lejos, pero parecía que estábamos a la misma altura, que podía mirar a esos colosos de roca a los ojos como iguales, mientras a la vez me sentía increíblemente pequeña, como una minúscula bola de energía en la inmensidad del cosmos. Allí arriba decidí que en realidad el destino que me han hilado las Moiras en su rueca es el de una asceta que haría mejor en quedarse en esa montaña exactamente, construirse un refugio y alimentarse de osos polares, y que bajando de nuevo no sólo me pesaría el doble la mochila, sino que además desafiaba terriblemente a los apasionados dioses del Olimpo.

Desde la montaña a la que subimos, se podía echar un vistazo a la parte de arriba de los picos más altos, entre los cuales se veían, medio ocultos por la nieve, algunos lagos glaciares, como éste.

El mundo desde allí arriba.

Se me pasaron los pensamientos filosóficos cuando Rodrigo se quitó toda la ropa excepto los pantalones y las botas, no tanto de admiración como de sorpresa y preocupación por su salud, tanto física como mental. Pero luego entendí el gesto cuando sacó una bandera de Costa Rica de su mochila y se puso a sacarse fotos con distintos paisajes de fondo: ¡quizá era el primer tico en el glaciar de Flatbreen! Oliver y Gray, probablemente viendo puesta en duda la fuerza de sus respectivas testosteronas o la presencia de órganos reproductivos masculinos, se quitaron la camiseta también, y después Regine y yo decidimos unirnos, y lo hicimos sin testosteronas ni órganos reproductivos masculinos, demostrando de una vez por todas que Tomb Raider puede a Rambo, el tema de discusión durante la caminata.

Ya sé que nadie se hubiera fijado si no lo hubiera dicho, pero es que me mata: mi culo no se ha hinchado como una pompa de jabón desde que estoy aquí… ¡es el pantalón!

Empezó a nevar en copos cada vez más grandes y emprendimos el camino de regreso con preocupación. Por suerte, aunque nos angustió un poco, la nieve nos dejó llegar sanos y salvos a casa, donde nos refugiamos en nuestros sacos mientras el viento soplaba fuera y nos silbaba una canción de cuna un poco alternativa y no muy somnolienta.

La auténtica Flatbrehyttar

Al día siguiente ya nos tocó bajar de nuevo, después de recoger la cabaña y despedirnos de ella. Se me ha olvidado contaros que la caseta donde nos quedamos no es en realidad la original. Ésta se encuentra justo al lado y está hecha de piedra en vez de madera, porque todos los materiales que no se podían obtener del entorno los subió el alpinista que la construyó en muchos viajes a pie, por la misma ladera que a nosotros nos había costado sudor y lágrimas superar.

Con la nieve de la noche anterior, las montañas parecían un producto de repostería de nuestro German-Club.

La bajada nos costó mucho menos, pude disfrutar de las vistas, que cambiaban mucho por la increíble velocidad a la que bajábamos, y de la vegetación: un verde que ahora, en medio de nieve y hielo, echo un poco de menos. Llegamos al autobús exhaustos, emocionados, satisfechos, orgullosos y esperando con avidez llegar al campus, ducharnos media hora (lo compensamos con los cuatro días en los que exploramos nuestro lado más animal) y pasarnos cuatro días de vacaciones, té, películas y piscina en el campus. En realidad, Regine y yo nos lavamos todos los días en la charca, sin importarnos viento, nieve o hielo (fue genial, teníamos que romper la capa de hielo por las mañanas y por las noches), y hay pruebas de ello, pero han sido censuradas por el equipo de diseño e imagen de esta plataforma de publicaciones. ¡Lo siento!

Ha sido una experiencia inolvidable, una auténtica pasada. Ha sido genial salir por un tiempo de Flekke, ver algo de Noruega, mover los músculos hasta que duelen, pero con un dolor casi agradable, del que te confirma que has hecho algo, no leer ni escribir ni pensar más allá de cómo sacar pasta pegada en el fondo de un termo, estar rodeada de un paisaje maravilloso, sentirse tan aislada de una civilización a veces innecesaria y agobiante y tan unida a las rocas y al hielo, tener a mirar desde la cabaña por encima de fiordos y montañas, o ver extenderse hacia el infinito una pradera blanca que en el horizonte se funde con el cielo, hasta darte la impresión de estar en una enorme bola de cristal blanco, contar cuentos de terror con el viento aullando alrededor del refugio…

Y aquí finaliza el diario de la expedición al glaciar de Flatbreen, donde no nos defendimos de animales salvajes y hambrientos ni descubrimos ríos o lagos escondidos, ni pisamos territorio virgen por primera vez (por suerte, porque esta clase de eventos siempre me parece un poco triste), pero nos lo pasamos muy, muy bien.

El glaciar de Flatbreen – expedición internacional del 10 al 13 de octubre de 2010 (II)

15 ene

Amanecer en cuatro imágenes y pocos segundos

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Preparación

Jan Erik probando el hielo…

… que parecía ser suficientemente seguro…

… así que nos unimos a nuestros equipos de cuerda. (Últimas dos fotos de Joakim)

Como os podéis imaginar, es noche nos fuimos a dormir con las gallinas: a las nueve de la noche ya estábamos todos en nuestros respectivos sacos de dormir, soñando con el color azul del hielo. Cuando asomamos la cabeza por la puerta a la mañana siguiente, descubrimos que hacía un tiempo maravilloso: aire fresco, pero un cielo azul y un sol radiante que nos metieron prisa con los preparativos. Después de lavarnos la cara con el agua de una charca cercana, de agua que por supuesto venía directamente del glaciar, preparar la comida (pasta con salsa de tomate, todo del sobre, claro) y un paseo de cinco minutos ya estábamos en la superficie helada del glaciar. Ese día lo dedicamos sobre todo a perfeccionar nuestras técnicas de escalada: caminar en equipo (mantener la cuerda suelta, pero lo justo para que no toque el suelo), aprender a utilizar el piolet (tanto el mango como la parte superior, de distintos usos), acostumbrarse a andar con crampones, clavando los pies en el suelo y quitarse el miedo a las grietas estrechas y profundas, de color azulado, que formaban el paisaje a nuestro alrededor.

Gris

Entrando en la niebla, nos alegrábamos de estar atados con una cuerda, que a veces parecía salir de una nube blanca y arrastrarte hacia ella.

Oda después de… ¡conseguirlo! ¡sí!

Alguien tenía que estar tomando la foto, ¿no? Pero sino, realmente podrías pensar que esto es lo único que encontraron de nosotros…

Fue el día de más adrenalina, de algunas caídas y deslizamientos, pequeños sustos, algún que otro rasguño y un poco de vértigo. Rodeamos, subimos y bajamos las grietas, pasamos por túneles, nos aseguramos los unos a los otros, bajamos cuestas de frente y en diagonal y las subimos clavando en el hielo no sólo el piolet sino casi hasta los dientes. Acabamos la jornada bajando del glaciar en colgados de una cuerda por una pared no muy alta antes de emprender el camino de regreso a Flatbrehyttar y a nuestros sacos de dormir.

Azul

El túnel

Regine, encontrado la salida. (Foto de Joakim)

Sin embargo, un evento que sin duda será recordado fue cuando nos sentamos a comer y al abrir los termos con hambre animal, vimos que toda la pasta se había quedado pegada al fondo, fuera del alcance de nuestro ávido cucute (cuchillo, cuchara y tenedor, todo en uno). Por mucho que pusiéramos el termo boca abajo, lo golpeáramos contra el hielo con frustración o aulláramos como cazadores neandertales a los que se les acaba de escapar un sabroso mamut, aquello no salía. Así que al final, empujados por nuestro instinto de supervivencia, haciendo de tripas corazón y divirtiéndonos como niños, cogimos los piolets, cuyos mangos cabían justo por la abertura del termo, y los usamos como una especie de pinchos con los que sacamos a la luz los ansiados hidratos de carbono, haciendo un ruido muy asqueroso, por cierto. Un ejemplo perfecto de varias mentes jóvenes, inquisitivas, inventivas, creativas y activas uniéndose para solucionar un problema de importancia mundial con resultados geniales y extremadamente prácticos.

Blanco

Avanzando por el hielo

El famoso acontecimiento de los piolets y los termos (Regine, Rodrigo y Oliver).

Regine disfrutando del sol de la tarde.

Esa noche el cielo fue una pasada. Las estrellas se veían tan claras y cercanas que el cielo realmente parecía una bóveda de cristal casi al alcance de la mano, estrellas fugaces incluidas. Incluso nos pareció ver una aurora boreal, un resplandor blanquecino en el firmamento que parecía agitarse en largas ondulaciones. En el campus, en Flekke, por lo visto se vieron mucho más claras, verdes y brillantes, en nuestra montaña parecían más un extraño reflejo causado por el hielo del glaciar u otro fenómeno inexplicable para personas normales.

La bajada

Una persona muy abrigada y por lo tanto irreconocible (¿Meta?) y Gray rapelando por la pared del glaciar.

El glaciar de Flatbreen – expedición internacional del 10 al 13 de octubre de 2010 (I)

14 ene

El principio

Permanece clara y nítida en mi memoria esa mañana de octubre en la que el sol y la niebla que cubría el campus daba un toque épico a nuestra partida. Todavía recuerdo a la perfección la sensación de aventura y desafío que nos invadió a todos cuando subimos al pequeño autobús que nos llevaría al pie de las montañas que tendríamos que escalar: Oda (Noruega), Oliver (Dinamarca), Regina (Groenlandia), Gray y Sophie (Estados Unidos), Rodrigo (Costa Rica), yo y nuestros dos guías, Joakim y Jan Erik, estábamos preparados para la expedición. Después de preparar algunos bocadillos de queso y jamón york en la kantina, llenar nuestras mochilas de 70 o más litros de capacidad hasta los bordes con equipo, ropa interior térmica y comida concentrada (casi como astronautas), despertar al expedicionista más dormilón (que, curiosamente, no fui yo), estábamos listos: ¡el glaciar de Flatbreen nos esperaba!

El equipo (Foto: Rodrigo)

Poco a poco fuimos dejando atrás la civilización: la megalópolis de Flekke, la metrópolis de Dale, la ciudad de Forde, y la gasolinera en la que paramos y donde Gray y yo entramos en el supermercado para observar durante diez minutos una pizza congelada del tamaño de una rueda de tractor, para absorberlo en nuestras mentes y ser capaces de aguantar cuatro días aislados de semejantes placeres (hablo del placer de observar una pizza, porque lo que es comer una, no lo he hecho en meses).

Gray y Rodrigo, metidos en el papel de Rambo y acalorados tras la primera etapa de la subida.

La siguiente parada ya era nuestro destino final, o por lo menos el destino final al que podía llevarnos nuestro conductor Bjarte Morten: nos dejó al pie de la montaña detrás de la cual se encontraba el glaciar, una montaña que escalaríamos por el valle que dejó el torrente que se produjo cuando un lago glaciar rompió su morrena y casi se llevó por delante las granjas a las orillas del fiordo. Ganaríamos alrededor de mil metros de altitud en sólo 2.5 kilómetros, cada uno con una mochila de tamaño y peso similar al nuestro (o eso parecía). Rápido calculamos que cada tres pasos significarían un metro de ascenso y nos miramos un poco asustados, sobre todo yo, que era la más pequeña y ligera de la expedición (en ese aspecto soy difícil de batir).

Sophie y Oda, comprobando que esa era la montaña correcta y no tendríamos que bajar todo otra vez para subir por la ladera de enfrente. (Foto: Joakim)

Mientras Meta se enzarzaba en una lucha encarnizada con los últimos arándanos que quedaban arriba. Aunque más que arándanos, eran pequeñas porciones de helado de arándanos. ¡Crujían entre los dientes!

“Which way?”

“Up!”

(Foto: Joakim)

El ascenso fue, efectivamente, extenuante. Había momentos en los que pensaba que ya no podía dar ni un paso más y andaba utilizando toda mi concentración y fuerza de voluntad para poner un pie delante del otro y no desesperarme. Parecía una montaña interminable, sin cima, la mochila pesaba cada vez más y los músculos me dolían con cada paso. Creo que fue el esfuerzo físico más grande que he hecho en mi vida y realmente pensé en rendirme varias veces durante el camino, o por lo menos echarme a llorar. Sin embargo, fue una sensación maravillosa llegar a la cima, donde nos esperaba Flatbrehytta, la preciosa cabaña roja que sería nuestro refugio en las siguientes tres noches, con el viento soplándote en la cara, exhausta, pero contenta e increíblemente orgullosa de tí misma. Nos sentamos en los escalones delante de la cabaña, disfrutando del impresionante paisaje, las montañas a nuestro alrededor, sólo un poco más altas que nosotros mismos, y abajo del todo el fiordo y nuestro el punto de partida y el pequeño camino que con curvas y saltos subía hasta nuestros pies; y nos tomamos el melocotón en almíbar que Oliver había traído hasta allí arriba, y que era la cosa más dulce y sabrosa que había comido nunca jamás.

Flatbrehyttar

Estábamos tan cansados que ya todo nos parecía bien. Para caminar por el glaciar nos dividiríamos en dos equipos de cuerda, en los que nos ataríamos los unos a los otros para que las caídas a las profundidades abismales no fueran definitivas, o para que si se cayera uno, ya nos cayéramos todos y asunto concluido. El caso es que antes de entrar en la cabaña hicimos una prueba para ver cómo funcionaba, cómo usar casco, crampones, piolets (los picos para el hielo), cuerdas, mosquetones y demás equipo. Una vez terminamos, entramos a preparar la cena. La cabaña era encantadora por dentro. Tenía dos habitaciones: una cocina-comedor-salón y el dormitorio. En la primera había una estufa, dos mesas alargadas con bancos, vajilla, fotos de otras expediciones y dos libros de firmas en los que encontré historias, firmas, dibujos, anécdotas y relatos de visitantes de todo el mundo, muchos de ellos de España y Alemania, lo que me hizo mucha ilusión. El dormitorio tenía aproximadamente ocho metros cuadrados, seis literas y dieciocho camas. Vamos, que dormimos juntos como una piña, y frío no pasamos.

Para ir al baño teníamos que bajar una cuesta entre rocas, cruzar un puente sobre un arroyo de aguas heladas y cristalinas y subir un montecito hasta llegar a una caseta, que estaba anclada a una roca en la cima, muy pequeña comparada con las montañas que la rodeaban y con la apariencia de estar a punto de echar a volar con la siguiente ráfaga de viento. Toda una aventura para echar un pis, pero eso sí, en un marco incomparable. Tenías la sensación de estar sentada en un trono, esta vez literalmente, en la punta del mundo.

fresco

19 nov

El invierno se acerca a pasos agigantados. Esta mañana, el fiordo amaneció, por primera vez este año, cubierto por una fina capa de hielo. Las calles del campus están blancas de la escarcha permanente y la poca nieve que cayó hace una semana no se ha ido todavía. Esta noche, al salir del cine (hoy ha finalizado el maratón de Harry Potter con el que nos hemos preparado para el estreno de la séptima película, que iremos a ver a Dale el lunes), me he quedado un rato disfrutando de la noche, fría e iluminanda por una luna casi llena. Las nubes, de un extraño color gris, cruzaban el cielo deprisa, oscureciendo por momentos la luna. A lo lejos se veían las montañas más altas, cubiertas de nieve y brillando en la noche, y el fiordo crujía fuerte por las subidas y bajadas de la marea y el frío que unía las diferentes placas de hielo.

Con el invierno se acerca la Navidad, que el Club Germanoparlante prepara con ilusión. En mi rincón tengo una cuerda extendida desde el armario hasta la barra de la cortina, que paulatinamente se va llenando de pequeños paquetes: nuestro calendario de adviento, donde cada uno tendrá un regalo de cada uno de los demás. Tenemos planeado dos sesiones de producción intensa de galletitas y bizcochos y… ¡una casa de bizcocho!

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